Se trata de que, por un tiempo, en la escuela, en el aula, el infantil sujeto se olvide de todo aquello que se visibiliza en la dimensión plana de la escritura: se olvide de los puntos, de las comas, de la ortografía, de los sustantivos, adjetivos y pronombres. Que traspase ese plano para zambullirse en una dimensión más profunda, para que pueda vivenciar la experiencia que supone el traspaso de una frontera. Que pueda sentirse parte de ese territorio explorado en la medida en que “algo” le viene a tocar su cuerpo, haciéndolo vibrar, sacándolo de un sueño en el que se encuentra posiblemente perdido: “su propia vida”.

Ana Bloj

22 may 2014

Una aproximación al cuento Donde viven los monstruos de Maurice Sendak. De Silvia Madussi




El siguiente trabajo intenta aproximarse críticamente al libro Donde viven los monstruos de Maurice Sendak para indagar los supuestos de orden psicológico que lo sustentan.
Los materiales teóricos siguen fundamentalmente la línea planteada por Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas ya que en el relato, entiendo, son propicias las consideraciones del autor para poder pensar este cuento, más allá de que el mismo no se encuadre en la tipología de los llamados “cuentos de hadas”.
Donde viven los monstruos es un libro contemporáneo y “reciente” en relación a los cuentos clásicos, ya que fue publicado en 1963 en la ciudad de Nueva York. Luego, se reeditó en diversos idiomas, adquiriendo una notable notoriedad dentro de la literatura infantil.
En parte esto se debe a cierta particularidad y novedad en la construcción del libro: es un libro álbum.  Esta categoría es identificable a través de un procedimiento, un técnica, que involucra dialécticamente la narración y la ilustración. Es decir, propone un texto breve que merced a sus ilustraciones cobra significado la obra. La escritura por momentos se suspende y comienzan las ilustraciones que deben ser leídas por el lector para continuar la historia.
Este hecho enriquece el relato y habilita a los lectores en su construcción del sentido. Y en dirección al análisis propuesto en este trabajo, la representación gráfica de los monstruos será de suma importancia para poder pensar la relación con los clásicos monstruos, así como también intentar dilucidar la complejidad y polisemia que sostiene la obra en torno a la vocablo “monstruo”.

  La historia

El personaje principal es un niño llamado Max que luego de desobedecer a su madre varias veces, ésta lo llama “monstruo” y  lo castiga confinándolo a quedarse sólo en su habitación. Allí comienza a imaginarse una selva, luego un cascada y por último aparece un bote. Decide entonces emprender un viaje, llega a una isla habitada por monstruos, y sorprendentemente es él quien los asusta, por lo tanto los monstruos deciden nombrarlo “rey de los monstruos”. Luego de pasar una temporada allí vuelve a sus casa, más puntualmente a su habitación, “donde su cena lo estaba esperando.”1

En primer lugar observamos una exaltación de la imaginación que se ejemplifica a través de los dibujos: una selva que crece, lianas, una luna  que inunda al cuarto de luz, y una actitud socarrona y desafiante del personaje que disfruta de lo que ha creado. Aúlla a la luna como un animal salvaje. Todo ello está contado a través de imágenes. La explicación textual no aparece, la lectura queda a cargo del lector que debe detenerse ante las ilustraciones para lograr la descripción - narración. Los detalles son fundantes del proceso interpretativo y los gestos del personaje devuelven su actitud frente al mundo: continúa desafiándolo, como hizo anteriormente con su madre. Sin embargo ahora el desafío lo instaura él a partir de crear su mundo y disfrutarlo.
Bruno Bettelheim considera la exaltación de la fantasía como un momento de suma importancia para la construcción de la psiquis infantil en tanto provee al niño de un material

“que será una inagotable fuente de trabajo para el YO. (…) Muchos padres temen que la mente de un niño se vea desbordada por la fantasía de los cuentos y que luego se nieguen a enfrentarse a la realidad. Sin embargo lo que ocurre es lo contrario.(…) La personalidad necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida  y una comprensión  clara de la realidad”[1].

Por ello este tipo de cuentos es muy adecuado para el desarrollo de los niños que extrayendo su material de allí evitan que “su imaginación quede fijada dentro de los límites estrechos de ensoñaciones angustiosas”.[2]


Avanzado en el relato, Max toma su bote y llega a una isla. Este momento marca el nudo de la historia: allí encuentra monstruos que hacen gestos amenazadores pero de ningún modo intimidantes, su expresión no concuerda con los terribles cuerpos que poseen, es más bien ridícula. Max continúa con su altivez, amarra su barco y los asusta. En este momento los monstruos deciden nombrarlo “rey de los monstruos” y comienza una celebración nocturna con bailes. La llegada a la isla retoma la idea de los mitos griegos donde el héroe parte de su hogar, llega a una tierra inhóspita, sortea peligros, resulta vencedor y vuelve a su lugar.  Sin embargo en Donde viven los monstruos lo que doblega a los habitantes de la isla no es la espada ni ayuda de los dioses sino la polaridad que encarna Max al ser más temible que los monstruos mismos.  Dice Bettelheim al respecto:

“Tanto los animales peligrosos como los buenos representan nuestra naturaleza irracional, nuestros impulsos instintivos. Los peligros simbolizan el Ello en estado salvaje, con toda su peligrosa energía y no sujeto todavía al control de YO y del SUPER-YO.”[3]

La tarea de Max es poner orden al caos que impera en la isla, que puede pensarse como una proyección de la vida interna. Al final del período edípico y post- edípico, explica Bettelheim citando a Freud,  “el niño puede encontrarse con una sensación de sentimientos contradictorios, ambivalentes. Experimentan la doble sensación de amor y odio, y de deseos y temores, como un caos incomprensible.”[4] Max enfrenta a los monstruos y los “domina”.  Puede pensarse, entonces, como “el YO que comienza a luchar para enfrentarse al mundo interno de los impulsos y a los difíciles problema que plantea el mundo externo.”[5]

Resulta interesante cómo el proceso interpretativo del lector se ve incentivado aquí. La ausencia de palabras deja espacio a la ilustración y devienen seis páginas donde la fiesta  monstruosa es descripta a través de las imágenes. Max impone el orden y triunfa.
En este sentido, debo decir desde mi experiencia como docente, que es llamativo cómo los niños se detienen en las imágenes, las exploran, buscan detalles para poder dar significado al cuento. Y  resulta aún más interesante la narración particular que cada uno de ellos hace del texto, ya que es un libro que deja al lector seleccionar lo significativo a nivel individual, así como también permite un proceso de re-narración sumamente rico y complejo.
 Los niños realmente disfrutan de esta fiesta que “comanda” el personaje, que una vez que dominó el territorio, transita libremente por suelo salvaje.
Y, desde esta mirada, en el proceso de interpretación de las ilustraciones cobran relevancia puntualmente los monstruos, a los que jamás se los describe con palabras. Son monstruos bastante singulares: están constituidos como animales antropomórficos. Uno tiene cabeza de toro, cuerpo de oso y pies humanos; otro cabeza de ave, cuerpo erguido como humano pero con escamas. Otro tiene cabeza de león pero con cuerno y extremidades de ave, y similarmente están constituidos los demás. Pero hay algo que es común a todos: ojos grandes y amarillos y una mirada reverencial ante el protagonista, que por más que ellos lo multiplican en tamaño, ejerce su reinado y éstos le rinden pleitesía.
La particularidad de estos personajes se instaura en la distancia que cobran en relación a los monstruos clásicos, es decir a los ogros, brujas, trolls, gigantes, etc. En los cuentos clásicos la polaridad Bien/Mal, está perfectamente delineada. Es muy difícil, salvo que exista algún tipo de trastorno, que un  niño se identifique con un ogro malvado y no con el héroe de la saga. Es decir, no hay medios en estos personajes, son  totalmente buenos o totalmente malos. Bettelheim rescata esta polaridad de los cuentos de hadas como positiva en tanto produce la diferenciación y valoración de acontecimientos. Así como también la necesidad de que el malo reciba un castigo.
Pero los monstruos de Sendak son diferentes, idolatran a Max y hasta se lamentan cuando decide regresar a su hogar. Se podría pensar como un corrimiento del monstruo clásico porque los sustentos del cuento van en otra dirección: no se viaja a luchar contra dragones feroces sino que el viaje tiene como meta desplegar su Ello fuera del alcance de la mirada materna. Y para que esto pueda resultar, debe mezclarse, identificarse una temporada con los monstruos.

 El lugar de los monstruos


Es significativo, así mismo, que este  libro se abra con una certeza: los monstruos viven y deben estar en algún lugar. Esta perspectiva, que habilita el mundo literario al cual nos adentramos, nos lleva a interrogarnos sobre cuál es el lugar de lo monstruoso para un niño, qué camino se recorre para llegar a él, o mejor dicho, cómo se llega a ese lugar. Sendak propone al lector que descubra un lugar que en apariencia es temido pero que luego es tierra conquistada por un niño, que entra y sale de ese lugar de modo airoso. El lugar de lo monstruoso de algún modo es avasallado por el protagonista y luego burlado. El llega y se va cuando quiere. Este cuento corresponde a la estructura: fantasía, superación, huida y alivio. Estos relatos simbolizan frecuentemente los pasajes para el desarrollo personal de un niño: “la huida física del dominio de sus padres cuenta después con un período prolongado de superación, de conquista de la madurez.”[6] La huida está simbolizada con el castigo que impone su madre, más puntualmente con la prohibición de “portarse mal”. Por lo tanto es significativo observar que Max es llamado monstruo porque corrió al perro con un tenedor, entre otras cosas. En este punto nos podríamos remitir al momento en que los niños comienzan a caminar (momento de separación filial) , que señala Dolto, es donde “los padres empiezan a establecer prohibiciones para proteger al niño y la primera ley: la de no hacer daño a nadie ni matar.”[7] Y luego relacionarla con la cuestión de devorar, de la oralidad, de lo salvaje, (atributos que significativamente poseen y constituyen  los monstruos de los cuentos de hadas) es decir de la etapa oral. "hay que castrar la lengua del pezón para que el niño pueda hablar"[8], declaraba Françoise Dolto.

 El viaje imaginario comienza a partir de quedarse en su cuarto. Transita la tierra monstruosa y luego de haber sorteados y dominado peligros, regresa aliviado a su hogar. Se experimenta este “alivio” al haber alcanzado de manera simbólica la certeza de que posee sus propios medios para conseguir lo que desea. La coronación como rey de la isla es la consumación simbólica de la “independencia” del sujeto, que se siente seguro en su lugar “como en el reino de su cuna cuando se lo cuidaba”[9]. Sin embargo, continúa Bettelheim “El niño no es consciente de sus procesos internos y, por ello, se externalizan en el cuento y se representan por medio de acciones que encarnan luchas internas y externas.”[10]

Por otro lado, cabe también preguntarse, por el lugar de lo monstruoso en relación a su madre: ella lo llama “monstruo” al comenzar el libro, no hay ilustración de este personaje, sólo las palabras que profiere cuando Max la desobedece. En este sentido la investidura monstruosa de Max, cuando empieza a imaginar su aventura, encuentra su correlato en la imagen que le devuelve su madre.
La lectura se vuelve tensa en este sentido. La actitud es desafiante, se convierte en el rey de los monstruos y es coronado por ellos. La función que ejerce la madre es la de habilitar el corte y la separación, necesaria para la estructura psíquica del niño.  Max se enoja con su madre, y esa actitud resulta ser habilitante para la “huida” a la tierra de los monstruos.  Dolto afirma que “al andar, el niño se aleja de su madre para descubrir el espacio. Es necesario no refrenarlo en esta primera autonomía”[11] para que pueda desarrollarse.
Así mismo, Freud (1913) señala que “los cuentos infantiles tienen la función de darle al niño la posibilidad de representar y simbolizar fantasías primitivas muy reprimidas.”[12] Es decir, Max convertido temporalmente el monstruo, despliega libremente su Ello.

El cuento comienza con el distanciamiento de su madre, realizado a través de la exaltación de su imaginación. La permanencia de la ausencia materna, que construirá un espacio y tiempo determinado en el relato, creará el espacio donde Max se desarrolle, crezca, luche y conquiste. El llamarlo monstruo enfatizada el gesto de alejamiento y paradójicamente lo habilita, mediante su enojo, a seguir su recorrido.
Y se va a una isla particularmente. Max se a-isla en ese lugar por un tiempo. Dice el texto:

                        “Y cuando llegó al lugar donde viven los monstruos
                        ellos rugieron sus rugidos terribles  y crujieron sus dientes terribles
                         y movieron sus ojos terribles y mostraron sus garras terribles
                        hasta que Max dijo “QUIETOS”
y los amansó con el truco mágico de mirar directamente a los ojos amarillos        de todos ellos
                        sin pestañear ni una sola vez
                        y se asustaron y dijeron que él era el más monstruo de todos y
                        lo hicieron rey de los monstruos”[13]

La isla como lugar de realización de una fantasía, donde el desarrollo potencial y  primitivo se despliega. En El creador literario y el fantaseo Freud señala que:

“Es lícito decir que el dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad. Son deseos ambiciosos, que sirven a la exaltación de la personalidad, o son deseos eróticos.”[14]


El personaje abre un mundo imaginario donde sus fantasías se revelan en la consumación de su actuar “salvaje”.


Conclusión


Donde viven los monstruos fue rechazado por la crítica en una primera instancia por postular valores “incorrectos” como la desobediencia o la excesiva imaginación. Luego fue valorándose a la luz de las nuevas teorías literarias. Graciela Montes[15] en El corral de la infancia  analiza los modos pedagógicos que cimentaron las formas de seleccionar la literatura infantil en las últimas décadas. Así se llegó a la supresión de todo aquello que se consideraba  “cruel” como los cuentos clásicos. Esto derivó también en el vaciamiento de la riqueza del lenguaje para, supuestamente, hacerlo más accesible.
Por ello habla de “corral”, de “encerrar” es decir de coartar  la riqueza literaria, su fecundidad simbólica tan propicia para el desarrollo humano. Esta perspectiva, de algún modo moralizante y que pretendió “proteger” la infancia, según Montes, llevó al empobrecimiento del lenguaje, y a la producción de textos literarios pobres y reductivos.
Sobre ésto último Bettelheim resalta que: “La eliminación de los cuentos de hadas por parte de padres modernos, inteligentes y bien pensantes, porque promovían la fantasía, va en contraposición con el desarrollo de la personalidad”.[16]
Es decir, la privación del acceso a este tipo de cuentos fue en detrimento de las potencialidades humanas del niño.
  Quizás haya muchas cuestiones para poder pensar este relato que nos lleven a un análisis más minucioso. El libro propone tantas entradas analíticas como modos de lectura individuales. Lo que nos resulta evidente es que la calidad de la obra aparece de modo insoslayable tanto a nivel textual como de la ilustración.

  
Bibliografía Fuente:

Sendak, Maurice: “Donde Viven Los Monstruos”. Alfaguara Infantil. Buenos aires 2007

Bibliografía de Consulta:

AAVV (2009): “El texto literario”, “La narrativa”, “El discurso poético”. En Entre libros y lectores I. El texto literario. Editorial Lugar. Colección Relecturas

Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995.      

Díaz Ronner, María Adela: “Cara y cruz de la literatura infantil”. Lugar Editorial. Colección Relecturas. Bs As. 2001.

Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001.
Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984). 
Mannoni, Octave. [1988] Un intenso y permanente asombro. Barcelona: Gedisa.(1989). Cap. I y II.
Montes, Graciela (2001): “Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia”. En El corral de la infancia. Nueva edición revisada y aumentada. Editorial Fondo Cultura Económica

-------------------- (2007): “La gran ocasión. La escuela como sociedad de lectura”. Plan Nacional de Lectura. Ministerio Educación, Ciencia y Tecnología




[1] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág. 134.
[2] Íbidem Pág 135.
[3] Íbidem Pág. 86.
[4] Íbidem. Pág 87.
[5] Íbidem pág. 84.
[6] Íbidem Pág. 134.
[7] Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001. Pág 61.
[8] Íbidem Pág. 61.
[9] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág 144.
[10] Íbidem Pág 164.
[11] Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001. Pág 62.
[12] Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984).  Pág 62
[13] Sendak, Maurice: “Donde Viven Los Monstruos”. Alfaguara Infantil. Buenos aires 2007. Pág. 11 -15.
[14] Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984). Pág 65.
[15] Montes, Graciela (2001): “Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia”. En El corral de la infancia. Nueva edición revisada y aumentada. Editorial Fondo Cultura Económica. Capítulo I
[15]
[16] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág 23.

11 nov 2012

La historia del educador que lleva una biblioteca ambulante a lomo de burro

 
La voz del profesor Luis Soriano suena clara y amistosa del otro lado del teléfono. Pregunta si la entrevista es para un diario de Buenos Aires y cuando se le aclara que La Capital es de Rosario exclama "¡Ahhh, Rosario! ¿Bonita ciudad, no?". Quien habla es el fundador del proyecto Biblioburro, una experiencia que comenzó en los valles del Caribe colombiano y que se expandió a varias partes del mundo tratando de llevar la lectura a lomo de burro a aquellos establecimientos educativos alejados del asfalto.
Soriano nació un 6 de junio de hace 42 años en Valledupar, capital del departamento del Cesar, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Casi toda su vida vivió en el corregimiento de La Gloria, está casado con Diana Arias y tiene 3 hijos, de 15, 12 y 7 años. Su pasión fue siempre leer y estudió castellano y literatura a distancia en la Universidad del Magdalena. Además realizó seminarios sobre educación y su impacto en la sociedad.
Para Soriano, la creación del Biblioburro fue una cuestión de urgencia y solidaridad. De darse cuenta. "Biblioburro nació en 1997 de la necesidad que había en La Gloria Magdalena y en varias veredas (divisiones territoriales rurales de un municipio) en las cuales no había suficientes escuelas ni tampoco docentes. Los niños se estaban quedando literalmente analfabetos y eso me tenía un poco preocupado. Yo tenía varios libros y quería compartirlos con ellos, así que una mañana tomé dos burros que tenía en casa sin hacer nada, les puse anaqueles y me lancé a la gran aventura que yo mismo bauticé Biblioburro. Alfa es la burrita y Beto mi burro. Hoy en día cuento con más de 8.000 libros".
Casi sin pausa explica que su lema siempre ha sido "si no hay escuelas ni docentes tenemos que llevarlas entonces, así sea en lomo de burro, lo importante es culturizar a las personas y que puedan aprender a través de los libros". Novelas, cuentos, libros de historia, enciclopedias, textos médicos y diccionarios forman parte de esta biblioteca ambulante que llega a más de 30 localidades en el año y con el que se ven beneficiados cerca de 3.000 chicos de la región montañosa del norte colombiano .
Explica que los comienzos fueron duros porque muchos lo trataban de loco. El proyecto incluso preocupó a su familia. "Es que recorría zonas peligrosas en ese tiempo debido a la presencia de paramilitares. Las zonas en las que trabajaba eran recónditas, alejadas de la tecnología y que ni siquiera aparecen en el mapa de Colombia. Todavía las visito y se han conseguido cosas buenas", detalla.
Acerca de su metodología de trabajo con los niños en edad escolar, Soriano cuenta que "manejo una listado de veredas y sitios que visito. Obviamente no me alcanza un día, así que agendo las visitas con fechas y luego empiezo el recorrido. A cada vereda que voy debo estar preparado y en sintonía con los temas que están dando, es decir saber qué material de trabajo llevo, que puede ser desde un libro de cuentos hasta una enciclopedia".
Con un buen café. "Selecciono los libros y los monto a los burros, me tomo un buen café con mi desayuno y empiezo la travesía, que puede durar 8 horas entre ida y vuelta. Los niños se ponen felices cuando me ven con los burros, se alegran mucho. Me siento con ellos y yo les leo, o leemos juntos. Es algo maravilloso".
El proyecto de Soriano trascendió las fronteras y fue invitado a dar charlas y comentar su experiencia en numerosos países. "No esperaba que esta experiencia tuviera tanta repercusión internacional. He estado en Ecuador, Chile, Timor del Este y dentro de poco iré a España. Me invitan para compartir la experiencia del Biblioburro y el impacto que ha tenido. La idea es que en lo posible se pueda seguir replicando y que sea de gran ayuda en la parte académica. Sé que en Chile y Bolivia hay Bibliollamas, en Italia hay un Biblioburro llamado Serafino, también en Brasil, en Timor del Este, en la India y en varios países más. Esto es muy alentador", detalla y se entusiasma.
Soriano asegura que, sobre todo en las ciudades, los niños han dejado de leer y que han volcado su interés a la tecnología, de allí que considere prioritario "culturizar" a la gente acerca de la importancia de los libros y el bien que estos hacen al conocimiento.
"Ahora, junto con la Fundación Biblioburro, que aborda la problemática del analfabetismo, estimulando la lectura y la educación en los sectores rurales y comunidades del Caribe colombiano con riesgo de vulnerabilidad, estamos trabajando en un proyecto llamado Biblioburro Digital. La idea es fortalecer el programa con la ayuda de la computadora, programas educativos, proyectores, la memoria USB, cine al campo, pero mis alumnos entienden que usan una herramienta, no que cambiarán los libros por tecnología. Esto es algo que hacemos con esfuerzos muy grandes".

fuente: http://www.lacapital.com.ar/informacion-gral/La-historia-del-educador-que-lleva-una-biblioteca-ambulante-a-lomo-de-burro-20121111-0010.html

 

22 jun 2012

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore

 Morris Lessmore vive en un hotel rodeado de libros de todos los tamaños. Su vida está dedicada fervientemente a la lectura y a la escritura. Cierto día, sentado en el balcón de su habitación, pluma y libro en mano, un terrible huracán arrasa con la ciudad, levantando las viviendas en el aire, destrozando todo a su paso a lo Wizard of Oz. El viento feroz arranca hasta la tinta de las palabras que habitan las páginas de papel. Pero no es el fin. Lessmore se ve transportado a un lugar mágico, donde los libros pueden volar. Encuentra allí una casa repleta de tomos, volúmenes, obras de todos los tipos, huérfanas de alguien que los cuide. En uno de los cientos de estantes, Morris encuentra un viejo y polvoriento ejemplar, de tapas descosidas y hojas sueltas, incapaz de levantar el vuelo. Lessmore, movido por el lamentable estado de aquella obra, decide repararla, y verá así ante él un nuevo cometido en la vida, que cumplirá hasta el final de sus días.
     De este asombroso cortometraje (Oscar® al mejor corto de animación) pueden hacerse múltiples lecturas. Los del gremio editorial verán sin duda una simbología que alude directamente a la situación actual del libro impreso, y a ellos me uno cuando digo que efectivamente existe una clara referencia a esa cuestión. De toda la historia subyace una cierta melancolía hacia el libro encuadernado que de una manera u otra nos ha acompañado durante tantísimos años, y que ha producido numerosos detractores de las nuevas tecnologías. Esa nostalgia del libro como objeto material, palpable y valioso, lleva a Joyce y Oldenburg, directores del film, a inventar una fábula sobre cómo el libro, al que siempre se le ha considerado como un ente vivo en cuanto que interactúa con el lector a tantos niveles y transmite y provoca infinidad de reacciones, emociones, sensaciones, reflexiones y percepciones en función del tiempo y del espacio, se convierte ahora en un ser mudo y desamparado, totalmente desprovisto de alguien que vele por su “salud” y “bienestar”.
     En esta discusión de modelos, habrá quien argumente una defensa acérrima del códice. Y habrá quien abogue por las ventajas y la conveniencia del ebook. Parece ser que el mercado se inclina más por el segundo. Y es posible que en términos prácticos (producción, distribución, venta, conservación, etc.) el formato digital acabe desplazando al libro impreso. Pero yo me quedo con un detalle: de todas las técnicas de animación que ofrece el cine, algunas de las cuales –dibujo, stop-motion, any-mation– se habrían prestado más acordes al mensaje de esta historia –lo tradicional frente a lo novedoso–, este film está hecho en 3D. Curioso ensamblaje de significantes y significados. El debate no ha hecho más que empezar. 
(http://courierdoce.wordpress.com/2012/03/01/the-fantastic-flying-books-of-mr-morris-lessmore-2011/)




9 jun 2012

Francesco Tonucci. ¿Cómo puede ser la escuela para el mañana?

Vídeo de la conferencia completa que Francesco Tonucci pronunció en el Parque de las Ciencias de Granada el 13 de febrero de 2012:

1 jun 2012

Los padres de las criaturas

Por Mariana Enriquez
Maurice Sendak puede señalar exactamente el momento que determinó su obsesión con la infancia. El tenía cuatro años, paseaba con su madre y se detuvo ante un puesto de venta de diarios. Allí, en la tapa, estaba la foto de Charles Lindbergh Jr., el hijo del célebre aviador, que había sido secuestrado dos meses antes. El niño Lindbergh, de apenas veinte meses, estaba muerto en la foto de portada, su cuerpo en descomposición, señales de que había sido mordido por animales en la intemperie donde fue encontrado, el cráneo hundido por un golpe, las manos y una pierna mutilada. Maurice no pudo olvidar nunca al bebé Lindbergh muerto. Años después, cuando la gente le discutía que esa morbosa foto nunca había sido publicada, que sólo existía en su imaginación, encontró a un periodista del Daily News que le explicó lo sucedido: la foto había sido la tapa de la edición matutina, pero en la vespertina fue eliminada por presiones de Lindbergh padre, quien demandó al diario. (“Fui uno de los privilegiados que vieron la imagen.”) El periodista le regaló una copia de la foto, y la imagen de ese niño muerto sirvió de inspiración para varias ilustraciones. “Nunca pude dejar atrás el impacto de la noción de que uno puede morir siendo un niño. Y luego esa obsesión se cimentó porque conocí a muchos chicos que murieron. Incluso fui la causa directa de la muerte de un niño. Se llamaba Lloyd. Era mi amigo y estábamos jugando a la pelota en un callejón de Brooklyn. Yo pateé, Lloyd fue a buscar la pelota y lo siguiente que escuché fue un golpe. Lo vi volar después. Fue atropellado y murió en el impacto. Me encerré en mi habitación. No pude hablar del tema hasta que me vino a ver su hermana; y fue amable conmigo, me consoló, me tomó de la mano, me perdonó.”
Sendak con Max.
Cuando Maurice Sendak le cuenta la muerte de su amigo Lloyd a Spike Jonze y a Lance Bangs en el documental Tell Them Everything you Want (2009), no puede evitar ponerse a llorar. El autor de libros para chicos más notable de Estados Unidos –uno de los más notables del mundo– es un hombre melancólico de 82 años, muy gracioso, fatalista; cada vez que abre la boca le sale alguna amarga ironía. “Yo sé que soy un privilegiado –le dice a Jonze–, pero no puedo sentirlo. Es como si tuviera algo muerto adentro. No encuentro alegría.” Jonze dice que quisiera estrangularlo, obligarlo a reconocer que hay dicha en su vida. Sendak hace un chiste, y después concede hacer una enumeración de las cosas que, en esta vida, le hicieron sentir algún momento de felicidad. Menciona a su perra Jennie, que fue protagonista de sus libros durante sus trece años de vida; recuerda brevemente –porque, se nota, prefiere evitar el sentimentalismo– a su pareja, Eugene Glynn, un psicólogo que fue su compañero durante cincuenta años. Habla de sus hermanos, a quienes amaba locamente; con el mayor solía fabricar juguetes, extrañas miniaturas móviles, ideales para un gabinete de curiosidades. Todavía conserva unos cuantos en su casa. No menciona a los niños entre sus disparadores de alegría. Sendak no tuvo hijos, y nunca quiso tenerlos: “Tener hijos requiere talento, como cualquier actividad creativa. Yo no tengo ese talento. Mis padres tampoco lo tenían, y no tendrían que haber tenido hijos. Yo quise dedicar mi vida a ser artista, y uno no debería quitarles tiempo a sus hijos por ningún motivo. Ser gay lo resolvió”. Sendak salió públicamente del closet hace muy poco, en 2008. “Creí que iba a arruinar mi carrera. Un gay haciendo libros para chicos... imagínense. Además no quería que mis padres se enteraran. Y nunca se enteraron, murieron sin saberlo.”
Los libros de Maurice Sendak nunca necesitaron más controversia. Donde viven los monstruos fue muy resistido por sus editores, y criticado por célebres psicólogos infantiles como Bruno Bettelheim. Eso no pudo evitar que se imprimieran 19 millones de copias del libro desde su primera edición en 1963, ni que sea el libro infantil más solicitado en la historia de las bibliotecas públicas de Occidente. Sigue siendo, claro, su libro más famoso, pero hubo otros que causaron revuelo. In the Night Kitchen (1970), por ejemplo, fue resistido porque el niño protagonista se encuentra gran parte del tiempo desnudo con los genitales a la vista. Los críticos lo consideraron demasiado cerca de lo sexual, casi perverso. Sendak cree que hay un problema básico en cómo se encara la ficción sobre –no necesariamente para– niños en Estados Unidos. Recientemente decía en una entrevista para Newsweek: “Los europeos hacen películas sobre chicos como Los 400 golpes o Mi vida como perro, que es una de las mejores películas del mundo. Es duro ver su sufrimiento cuando su madre se está muriendo y él se mete bajo la cama. Esa es la manera en que lidian con los chicos, y siempre lo han hecho. Nosotros somos aprensivos. Estamos arruinados por Disney: creo que Disney es terriblemente malo para los chicos. No queremos que los niños sufran. Pero, ¿qué hacemos para manejar el hecho de que sí sufren? El truco es convertirlo en arte. No asustar a los chicos, ésa no es la intención”. Más tarde, la revista le pregunta a Sendak qué les diría a los padres que creen que Donde viven los monstruos les puede dar miedo a los chicos. Y Sendak contesta: “Que se vayan al infierno. Es una pregunta que no pienso tolerar. Y si los chicos no pueden aguantar la película, que se vayan a casa también. O que se hagan pis encima. Que hagan lo que quieran”.
Sendak suele confesar que no siente una gran pasión por la infancia. “No tengo adoración por la niñez. Es algo peculiar esto que hago. Es una disfunción. Es lo que me sale. Escribo libros para chicos, pero no como si me encantara estar rodeados de niños correteando a mi alrededor. Esa situación sólo me gusta cuando está sobre papel.”
una escena de la película y una similar en el dibujo original del libro de Sendak.

Versiones de versiones

Spike Jonze y Dave Eggers trabajaron durante cinco años en el guión de Donde viven los monstruos, a veces en reuniones de ocho horas en las que sólo escribían 20 minutos. Muy pronto, Jonze supo que su película sería sobre la infancia. Que terminaría en el estante “para niños”, pero que no estaba destinada a los chicos. Y que al trabajar con un libro que les da la bienvenida a las interpretaciones y a la apropiación, ese Max castigado con no cenar que huye hacia una isla con los monstruos iba a ser el propio Jonze: sus propias angustias iban a estar allí. En el proceso de escritura, a su co-guionista Dave Eggers le pasaba lo mismo: quería incluir cosas personales. La puja se resolvió de una manera extravagante: Eggers novelizó el libro original tomando como base, además, el guión. Maurice Sendak estuvo muy conforme y hasta exultante con todas estas versiones: su sueño siempre fue que cada cual hiciera propia una historia que para él también era muy personal. Los monstruos, por ejemplo, salieron de su experiencia: “Son mis parientes. Eran inmigrantes europeos, polacos, venían a comer los fines de semana y mi madre cocinaba. Tres tías y tíos que no hablaban inglés. Te agarraban los cachetes y te retorcían la cara, y ellos creían que era algo afectuoso. Y yo sabía que mi madre cocinaba pésimo y tardaba mucho y creía que había posibilidades ciertas de que me comieran a mí, o a mis hermanos. Teníamos fantasías perversas de que eran capaces de hacerlo. Esos son los monstruos, entonces: extranjeros perdidos en Estados Unidos, sin lenguaje, ante niños que no entienden sus gestos”.
El desafío de Eggers era tan importante como el de Jonze: tocar un libro perfecto como Donde viven los monstruos y llevarlo al cine y la novela es un asunto para personas arriesgadas. Pero Eggers es un atrevido desde hace tiempo en su literatura: puede pasar de biografía novelizada sobre un refugiado sudanés como Qué es el Qué a dictar talleres como los de 826 Valencia, o fundar la editorial McSweeney’s, o incursionar en la no ficción con Zeitoun sobre un inmigrante árabe durante la crisis del huracán Katrina, o hacer un memoir sobre su familia como A Heartbreaking Work of Staggering Genius; el juego con los géneros y la diversidad de los abordajes es su terreno ideal. Los monstruos (The Wild Things), la novela resultante, no está entre lo mejor de su trabajo, pero tiene un encanto particular. O como escribía Patrick Ness para The Guardian: “Eggers hace un buen trabajo al capturar la existencia caótica de un chico muy joven, así como el enorme estrés que le impone el resto del mundo sin siquiera pensarlo. Pero, al final del día, ésta es su propia experiencia sobre Donde viven los monstruos. Y aunque es muy interesante, de lo que tuve ganas al leerla fue de revisitar mi propia experiencia del libro”.
Y quizá de eso se trate: Eggers lo reconoce. “En la novelización, pensé que iba a usar lo desechado en el proceso de escritura del guión, que suele ser mucho. Pero, mientras escribía, iba empujando la narración hacia un territorio que era personal para mí. Así que la película es la versión de Spike del libro de Maurice, y la novela es mi versión.”

Imaginacion y emocion

En el documental Tell Them Everything You Want, realizado en la casa de Maurice Sendak en Connecticut, el autor parece haber logrado una sincera amistad con Spike Jonze. Le gustó la película, y también la novela de Eggers; le gustó el juego y el desafío. El mismo insistió para que el novelista y el director escribieran sus propios monstruos. Cuenta Spike Jonze: “Una de las cosas que me preocupaban era que mucha gente ama este libro. Y cuando empecé a tener ideas para la película que iban lejos del libro, me preocupaba porque eran cosas que tenían significado para mí, cosas que el libro me había disparado personalmente. Sentía que la gente iba a decepcionarse, porque se parecía mucho a adaptar un poema: significa cosas diferentes para todo el mundo. Pero Maurice insistió en que hiciera una película y un guión personal, que tomara a los chicos en serio. Me contó que su libro fue considerado peligroso cuando se editó. Los críticos lo destruyeron, porque entonces no se hablaba así de los chicos. Y pasaron dos años hasta que el libro por fin llegó a las bibliotecas, y los chicos lo descubrieron. Ahora es un clásico. Siempre es difícil adaptar un clásico, pero Maurice nos ayudó mucho”.
Y es que Sendak no se considera un clásico. Ama lo que hace, y todavía cree que tienen un libro adentro, un libro que describe como simple, corto y bello; un libro que le dedicará a su hermano. Pero teme ya no tener tiempo. Y piensa en todos los artistas que murieron sin saber que serán recordados, y vuelve a insistir con que no puede encontrar felicidad en su vida. Entonces, en el documental que dirige, Jonze lo presiona un poco más y le dice: “Vamos, Maurice, hay algo que te debe satisfacer, algo que te debe llenar de alegría”. Y el artista piensa y finalmente lo encuentra: “La única verdadera felicidad en mi vida es dibujar. Todo lo que me atormenta se desvanece cuando lo hago, porque es lo que quiero hacer y sé que lo hago bien. Por qué estoy fijado en la niñez, no lo sé. Quizá porque en el fondo no creo en esa demarcación, o porque creo que se les debe hablar de otra manera, que se les puede decir cualquier cosa mientras sea verdad. O quizá porque, supongo, es en la infancia donde se quedó mi corazón”.

Donde viven los monstruos, el libro original de Maurice Sendak, está editado por Alfaguara.

La película de Spike Jonze sale el próximo miércoles 7 directo a DVD.

Los monstruos, la novela de Dave Eggers, fue editada hace poco por Mondadori.

Y el documental Tell Them Everything You Want circula por Internet, lamentablemente sin subtítulos.



Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/6294-1144-2010-07-05.html

Lo que sé

Yo no escribo para chicos. Yo escribo. Y alguien más dice: “Esto es para chicos”.
Nunca me propuse hacer felices a los niños. O mejorarles la vida, o hacérselas más fácil. No me gustan mucho, así como no me gustan mucho los adultos. Bueno, para ser sincero debería decir que me gustan un poco más los chicos que los adultos, porque los adultos no me gustan para nada.
Firmar ejemplares es horrible, estúpido, no significa nada. Y a mí ni siquiera me sirve para seducir a las madres bonitas de los niños lectores, porque soy gay.
El estado de la literatura infantil actual es abismal. Catastrófico. Una de las razones para que así sea es que hay demasiados libros para chicos.
Somos animales, violentos, criminales. No somos tan diferentes de los simios, esas hermosas criaturas. Y se supone que debemos ser civilizados, ir a trabajar todos los días, ser amables con nuestros amigos, enviar tarjetas de Navidad, todas esas cosas que nos perturban profundamente porque están en contra de lo que haríamos naturalmente.
Elegí un género muy modesto, la literatura infantil, y me escondí en este género para poder expresarme plenamente en él. Lo elegí por timidez y estiré sus límites todo lo posible.
No escribí Donde viven los monstruos por dinero. En los años ‘50, los libros para chicos eran el último peldaño del mundo literario. No creo que Madonna hubiese escrito un libro para chicos en los ‘50.
Nací en 1928. Y lo que más recuerdo de mi infancia es el secuestro del bebé Lindbergh. Cuando sucedió yo tenía tres años y medio y me acuerdo de todo. Recuerdo la voz de su madre en la radio, pidiéndoles a los secuestradores que usaran Vick para el catarro del bebé. Yo tenía miedo de que me secuestraran y tenía miedo de morir. Era un chico enfermizo y mis padres no eran discretos emocionalmente: siempre creían que iba a morirme y lloraban cuando tenía fiebre. Supe que era mortal desde muy joven. Con el bebé Lindbergh hice un asociación muy rara. Pensé que este bebé no podía morir porque era rubio y rico, vivía en una mansión, su madre era la princesa del universo y su padre un capitán. No podía soportar que ese chico muriera. Mi propia vida dependía de que él fuera rescatado, porque si ese chico se moría, yo no tenía ninguna oportunidad: yo era pobre, feo, hijo de inmigrantes. Y cuando el bebé fue hallado muerto, algo fundamental murió dentro de mí. O, quizás, algo nació: mis historias, estas sombras que están en la vida de los chicos que no son felices ni tienen con quién hablar.
Los chicos tienen que saber que hay cosas malas. También tienen que saber que hay gente a su alrededor que los ama y los va a proteger, pero que no pueden detener las cosas malas.
Los chicos son valientes porque son inocentes. Tienen la enorme inocencia de no saber que el mundo puede ser un lugar tan malvado.
No nos podemos deshacer del mal. No podemos, lo siento internamente. Y hay tanta estupidez en el mundo que no queda coraje. Estoy perdiendo la esperanza. Y no quiero que eso me pase. Vivo cada día. Estoy bastante bien. Trabajo. Duermo. Canto. Camino. Pero estoy perdiendo la esperanza.
Estoy obsesionado con la muerte. Me parece una aventura. Peter Pan lo dijo. Curioso que lo cite, porque no me gusta J. M. Barrie. Detesto cómo ha sentimentalizado a los chicos, cómo los ha hecho bonitos y encantadores. Pero si uno mira el corazón de Peter Pan, es un chico obsesionado con la muerte, con miedo de vivir. Si uno le saca las estupideces de Hook y la musiquita, es una historia muy extraña.
Cuando iba a preescolar y tenía seis años, estaba jugando con mi amigo Lloyd en un callejón entre edificios de departamentos en Brooklyn. Eran los lugares más seguros para jugar. Jugábamos a la pelota. En un momento la tiré muy alto y él trató de alcanzarla pero no pudo y la pelota se fue a la calle. Y él hizo lo que siempre nos decían que no hiciéramos, correr del callejón a la calle: era peligroso porque los autos no podían verte salir de ahí. No me acuerdo del auto, pero me acuerdo de Lloyd volando. Cuando cayó, ya estaba muerto. Murió en el instante en que fue atropellado. Y, desde entonces, noto que en mis historias muchos de los personajes niños vuelan.
No sé cómo controlar mis demonios. Cuando me pongo muy ansioso leo a Mellvile, William Blake y Emily Dickinson. Cuando los leo, siento que la vida tiene un propósito. Lo mismo me sucede cuando escucho a Mozart. Es en lo único en que creo, en lo que tengo fe: en el arte. Mellvile es, para mí, un dios.
Siempre me sorprendió mi éxito y no soy un cínico. Dejar un legado es reconfortante. Pero no entiendo cuando la gente me dice “Cómo podés estar deprimido, Maurice, si tus libros van a vivir para siempre”. Bueno, pero yo no voy a vivir para siempre. A quién le importa la vida de los libros. Lo que me importa es mi vida, desde este momento hasta el de mi muerte. Si voy a poder trabajar y ser independiente.
Ser joven fue horrible. Una pérdida de tiempo. Fui muy infeliz. Cuando la gente me pregunta a qué edad querría volver, les digo sinceramente que a los 68 o 69.
La mayoría de mis libros están relacionados con el Holocausto. No de una manera obvia, pero el tema está siempre ahí. Toda mi vida es el Holocausto. Mis padres vinieron de Europa por casualidad, a buscar trabajo, mucho antes de que existiera el nazismo; conocían, claro, el antisemitismo, pero estaban acostumbrados. Es un milagro que yo haya nacido en Estados Unidos y que sobreviviera.
La niñez es una etapa. En Donde viven los monstruos o El Mago de Oz se habla de eso: de no ser un chico para siempre y de reconocer que la infancia es un momento de la vida. Un libro infantil no debe tratar de convencer a los chicos de que son chicos. Hay cosas que no saben y el punto es compartir lo que uno sí sabe con ellos, como adulto.
La gente me pregunta por qué no hago Donde viven los monstruos. Parte 2. Los mando a la mierda. Qué idea terrible. Yo no soy una puta.
Me criaron para que sintiera culpa. Cuando no quería cenar porque mi madre era una cocinera horrible, ella me gritaba: “¡Pensá en tu primo que no puede comer porque murió en un campo de concentración y antes, además, lo habían casi matado de hambre!”. Yo odiaba a todos esos niños muertos en el Holocausto.
Si hubiera tenido un hogar feliz, no hubiese sido un artista. Mis padres vivieron vidas desesperadas; mi hermano y yo fuimos crueles con ellos. Especialmente con mi madre. Pero no entendíamos. Eramos chicos. No sabíamos que ella estaba loca.
Mi pareja, Eugene, y yo nunca pensamos en adoptar. Yo soy demasiado disfuncional. Siempre supe que le arruinaría la cabeza a una criatura.
Estoy totalmente loco, lo sé. No lo digo para hacerme el interesante: sé que por eso mi trabajo es bueno, porque viene de un lugar de locura. Jamás pequé de falsa modestia.

MAURICE SENDAK* (1928-2012)

*Maurice Sendak fue uno de los autores más extraordinarios en pintar el paisaje emocional de la infancia: sus libros, en general considerados para niños por unir de manera muy sintética e imaginativa sus dibujos y las palabras, saben llevar a ese lugar al que sólo puede ir la inteligencia de un chico, donde lo terrorífico, la inocencia y el amor bailan una danza juguetona y macabra a la vez. Hace un par de años, Spike Jonze adaptó impecablemente para el cine su clásico Donde viven los monstruos, de 1963.

texto: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7927-2012-05-13.html