Se trata de que, por un tiempo, en la escuela, en el aula, el infantil sujeto se olvide de todo aquello que se visibiliza en la dimensión plana de la escritura: se olvide de los puntos, de las comas, de la ortografía, de los sustantivos, adjetivos y pronombres. Que traspase ese plano para zambullirse en una dimensión más profunda, para que pueda vivenciar la experiencia que supone el traspaso de una frontera. Que pueda sentirse parte de ese territorio explorado en la medida en que “algo” le viene a tocar su cuerpo, haciéndolo vibrar, sacándolo de un sueño en el que se encuentra posiblemente perdido: “su propia vida”.

Ana Bloj

22 may. 2014

Una aproximación al cuento Donde viven los monstruos de Maurice Sendak. De Silvia Madussi




El siguiente trabajo intenta aproximarse críticamente al libro Donde viven los monstruos de Maurice Sendak para indagar los supuestos de orden psicológico que lo sustentan.
Los materiales teóricos siguen fundamentalmente la línea planteada por Bruno Bettelheim en Psicoanálisis de los cuentos de hadas ya que en el relato, entiendo, son propicias las consideraciones del autor para poder pensar este cuento, más allá de que el mismo no se encuadre en la tipología de los llamados “cuentos de hadas”.
Donde viven los monstruos es un libro contemporáneo y “reciente” en relación a los cuentos clásicos, ya que fue publicado en 1963 en la ciudad de Nueva York. Luego, se reeditó en diversos idiomas, adquiriendo una notable notoriedad dentro de la literatura infantil.
En parte esto se debe a cierta particularidad y novedad en la construcción del libro: es un libro álbum.  Esta categoría es identificable a través de un procedimiento, un técnica, que involucra dialécticamente la narración y la ilustración. Es decir, propone un texto breve que merced a sus ilustraciones cobra significado la obra. La escritura por momentos se suspende y comienzan las ilustraciones que deben ser leídas por el lector para continuar la historia.
Este hecho enriquece el relato y habilita a los lectores en su construcción del sentido. Y en dirección al análisis propuesto en este trabajo, la representación gráfica de los monstruos será de suma importancia para poder pensar la relación con los clásicos monstruos, así como también intentar dilucidar la complejidad y polisemia que sostiene la obra en torno a la vocablo “monstruo”.

  La historia

El personaje principal es un niño llamado Max que luego de desobedecer a su madre varias veces, ésta lo llama “monstruo” y  lo castiga confinándolo a quedarse sólo en su habitación. Allí comienza a imaginarse una selva, luego un cascada y por último aparece un bote. Decide entonces emprender un viaje, llega a una isla habitada por monstruos, y sorprendentemente es él quien los asusta, por lo tanto los monstruos deciden nombrarlo “rey de los monstruos”. Luego de pasar una temporada allí vuelve a sus casa, más puntualmente a su habitación, “donde su cena lo estaba esperando.”1

En primer lugar observamos una exaltación de la imaginación que se ejemplifica a través de los dibujos: una selva que crece, lianas, una luna  que inunda al cuarto de luz, y una actitud socarrona y desafiante del personaje que disfruta de lo que ha creado. Aúlla a la luna como un animal salvaje. Todo ello está contado a través de imágenes. La explicación textual no aparece, la lectura queda a cargo del lector que debe detenerse ante las ilustraciones para lograr la descripción - narración. Los detalles son fundantes del proceso interpretativo y los gestos del personaje devuelven su actitud frente al mundo: continúa desafiándolo, como hizo anteriormente con su madre. Sin embargo ahora el desafío lo instaura él a partir de crear su mundo y disfrutarlo.
Bruno Bettelheim considera la exaltación de la fantasía como un momento de suma importancia para la construcción de la psiquis infantil en tanto provee al niño de un material

“que será una inagotable fuente de trabajo para el YO. (…) Muchos padres temen que la mente de un niño se vea desbordada por la fantasía de los cuentos y que luego se nieguen a enfrentarse a la realidad. Sin embargo lo que ocurre es lo contrario.(…) La personalidad necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida  y una comprensión  clara de la realidad”[1].

Por ello este tipo de cuentos es muy adecuado para el desarrollo de los niños que extrayendo su material de allí evitan que “su imaginación quede fijada dentro de los límites estrechos de ensoñaciones angustiosas”.[2]


Avanzado en el relato, Max toma su bote y llega a una isla. Este momento marca el nudo de la historia: allí encuentra monstruos que hacen gestos amenazadores pero de ningún modo intimidantes, su expresión no concuerda con los terribles cuerpos que poseen, es más bien ridícula. Max continúa con su altivez, amarra su barco y los asusta. En este momento los monstruos deciden nombrarlo “rey de los monstruos” y comienza una celebración nocturna con bailes. La llegada a la isla retoma la idea de los mitos griegos donde el héroe parte de su hogar, llega a una tierra inhóspita, sortea peligros, resulta vencedor y vuelve a su lugar.  Sin embargo en Donde viven los monstruos lo que doblega a los habitantes de la isla no es la espada ni ayuda de los dioses sino la polaridad que encarna Max al ser más temible que los monstruos mismos.  Dice Bettelheim al respecto:

“Tanto los animales peligrosos como los buenos representan nuestra naturaleza irracional, nuestros impulsos instintivos. Los peligros simbolizan el Ello en estado salvaje, con toda su peligrosa energía y no sujeto todavía al control de YO y del SUPER-YO.”[3]

La tarea de Max es poner orden al caos que impera en la isla, que puede pensarse como una proyección de la vida interna. Al final del período edípico y post- edípico, explica Bettelheim citando a Freud,  el niño puede encontrarse con una sensación de sentimientos contradictorios, ambivalentes. Experimentan la doble sensación de amor y odio, y de deseos y temores, como un caos incomprensible.”[4] Max enfrenta a los monstruos y los “domina”.  Puede pensarse, entonces, como “el YO que comienza a luchar para enfrentarse al mundo interno de los impulsos y a los difíciles problema que plantea el mundo externo.”[5]

Resulta interesante cómo el proceso interpretativo del lector se ve incentivado aquí. La ausencia de palabras deja espacio a la ilustración y devienen seis páginas donde la fiesta  monstruosa es descripta a través de las imágenes. Max impone el orden y triunfa.
En este sentido, debo decir desde mi experiencia como docente, que es llamativo cómo los niños se detienen en las imágenes, las exploran, buscan detalles para poder dar significado al cuento. Y  resulta aún más interesante la narración particular que cada uno de ellos hace del texto, ya que es un libro que deja al lector seleccionar lo significativo a nivel individual, así como también permite un proceso de re-narración sumamente rico y complejo.
 Los niños realmente disfrutan de esta fiesta que “comanda” el personaje, que una vez que dominó el territorio, transita libremente por suelo salvaje.
Y, desde esta mirada, en el proceso de interpretación de las ilustraciones cobran relevancia puntualmente los monstruos, a los que jamás se los describe con palabras. Son monstruos bastante singulares: están constituidos como animales antropomórficos. Uno tiene cabeza de toro, cuerpo de oso y pies humanos; otro cabeza de ave, cuerpo erguido como humano pero con escamas. Otro tiene cabeza de león pero con cuerno y extremidades de ave, y similarmente están constituidos los demás. Pero hay algo que es común a todos: ojos grandes y amarillos y una mirada reverencial ante el protagonista, que por más que ellos lo multiplican en tamaño, ejerce su reinado y éstos le rinden pleitesía.
La particularidad de estos personajes se instaura en la distancia que cobran en relación a los monstruos clásicos, es decir a los ogros, brujas, trolls, gigantes, etc. En los cuentos clásicos la polaridad Bien/Mal, está perfectamente delineada. Es muy difícil, salvo que exista algún tipo de trastorno, que un  niño se identifique con un ogro malvado y no con el héroe de la saga. Es decir, no hay medios en estos personajes, son  totalmente buenos o totalmente malos. Bettelheim rescata esta polaridad de los cuentos de hadas como positiva en tanto produce la diferenciación y valoración de acontecimientos. Así como también la necesidad de que el malo reciba un castigo.
Pero los monstruos de Sendak son diferentes, idolatran a Max y hasta se lamentan cuando decide regresar a su hogar. Se podría pensar como un corrimiento del monstruo clásico porque los sustentos del cuento van en otra dirección: no se viaja a luchar contra dragones feroces sino que el viaje tiene como meta desplegar su Ello fuera del alcance de la mirada materna. Y para que esto pueda resultar, debe mezclarse, identificarse una temporada con los monstruos.

 El lugar de los monstruos


Es significativo, así mismo, que este  libro se abra con una certeza: los monstruos viven y deben estar en algún lugar. Esta perspectiva, que habilita el mundo literario al cual nos adentramos, nos lleva a interrogarnos sobre cuál es el lugar de lo monstruoso para un niño, qué camino se recorre para llegar a él, o mejor dicho, cómo se llega a ese lugar. Sendak propone al lector que descubra un lugar que en apariencia es temido pero que luego es tierra conquistada por un niño, que entra y sale de ese lugar de modo airoso. El lugar de lo monstruoso de algún modo es avasallado por el protagonista y luego burlado. El llega y se va cuando quiere. Este cuento corresponde a la estructura: fantasía, superación, huida y alivio. Estos relatos simbolizan frecuentemente los pasajes para el desarrollo personal de un niño: “la huida física del dominio de sus padres cuenta después con un período prolongado de superación, de conquista de la madurez.”[6] La huida está simbolizada con el castigo que impone su madre, más puntualmente con la prohibición de “portarse mal”. Por lo tanto es significativo observar que Max es llamado monstruo porque corrió al perro con un tenedor, entre otras cosas. En este punto nos podríamos remitir al momento en que los niños comienzan a caminar (momento de separación filial) , que señala Dolto, es donde “los padres empiezan a establecer prohibiciones para proteger al niño y la primera ley: la de no hacer daño a nadie ni matar.”[7] Y luego relacionarla con la cuestión de devorar, de la oralidad, de lo salvaje, (atributos que significativamente poseen y constituyen  los monstruos de los cuentos de hadas) es decir de la etapa oral. "hay que castrar la lengua del pezón para que el niño pueda hablar"[8], declaraba Françoise Dolto.

 El viaje imaginario comienza a partir de quedarse en su cuarto. Transita la tierra monstruosa y luego de haber sorteados y dominado peligros, regresa aliviado a su hogar. Se experimenta este “alivio” al haber alcanzado de manera simbólica la certeza de que posee sus propios medios para conseguir lo que desea. La coronación como rey de la isla es la consumación simbólica de la “independencia” del sujeto, que se siente seguro en su lugar “como en el reino de su cuna cuando se lo cuidaba”[9]. Sin embargo, continúa Bettelheim “El niño no es consciente de sus procesos internos y, por ello, se externalizan en el cuento y se representan por medio de acciones que encarnan luchas internas y externas.”[10]

Por otro lado, cabe también preguntarse, por el lugar de lo monstruoso en relación a su madre: ella lo llama “monstruo” al comenzar el libro, no hay ilustración de este personaje, sólo las palabras que profiere cuando Max la desobedece. En este sentido la investidura monstruosa de Max, cuando empieza a imaginar su aventura, encuentra su correlato en la imagen que le devuelve su madre.
La lectura se vuelve tensa en este sentido. La actitud es desafiante, se convierte en el rey de los monstruos y es coronado por ellos. La función que ejerce la madre es la de habilitar el corte y la separación, necesaria para la estructura psíquica del niño.  Max se enoja con su madre, y esa actitud resulta ser habilitante para la “huida” a la tierra de los monstruos.  Dolto afirma que “al andar, el niño se aleja de su madre para descubrir el espacio. Es necesario no refrenarlo en esta primera autonomía”[11] para que pueda desarrollarse.
Así mismo, Freud (1913) señala que “los cuentos infantiles tienen la función de darle al niño la posibilidad de representar y simbolizar fantasías primitivas muy reprimidas.”[12] Es decir, Max convertido temporalmente el monstruo, despliega libremente su Ello.

El cuento comienza con el distanciamiento de su madre, realizado a través de la exaltación de su imaginación. La permanencia de la ausencia materna, que construirá un espacio y tiempo determinado en el relato, creará el espacio donde Max se desarrolle, crezca, luche y conquiste. El llamarlo monstruo enfatizada el gesto de alejamiento y paradójicamente lo habilita, mediante su enojo, a seguir su recorrido.
Y se va a una isla particularmente. Max se a-isla en ese lugar por un tiempo. Dice el texto:

                        “Y cuando llegó al lugar donde viven los monstruos
                        ellos rugieron sus rugidos terribles  y crujieron sus dientes terribles
                         y movieron sus ojos terribles y mostraron sus garras terribles
                        hasta que Max dijo “QUIETOS”
y los amansó con el truco mágico de mirar directamente a los ojos amarillos        de todos ellos
                        sin pestañear ni una sola vez
                        y se asustaron y dijeron que él era el más monstruo de todos y
                        lo hicieron rey de los monstruos”[13]

La isla como lugar de realización de una fantasía, donde el desarrollo potencial y  primitivo se despliega. En El creador literario y el fantaseo Freud señala que:

“Es lícito decir que el dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad. Son deseos ambiciosos, que sirven a la exaltación de la personalidad, o son deseos eróticos.”[14]


El personaje abre un mundo imaginario donde sus fantasías se revelan en la consumación de su actuar “salvaje”.


Conclusión


Donde viven los monstruos fue rechazado por la crítica en una primera instancia por postular valores “incorrectos” como la desobediencia o la excesiva imaginación. Luego fue valorándose a la luz de las nuevas teorías literarias. Graciela Montes[15] en El corral de la infancia  analiza los modos pedagógicos que cimentaron las formas de seleccionar la literatura infantil en las últimas décadas. Así se llegó a la supresión de todo aquello que se consideraba  “cruel” como los cuentos clásicos. Esto derivó también en el vaciamiento de la riqueza del lenguaje para, supuestamente, hacerlo más accesible.
Por ello habla de “corral”, de “encerrar” es decir de coartar  la riqueza literaria, su fecundidad simbólica tan propicia para el desarrollo humano. Esta perspectiva, de algún modo moralizante y que pretendió “proteger” la infancia, según Montes, llevó al empobrecimiento del lenguaje, y a la producción de textos literarios pobres y reductivos.
Sobre ésto último Bettelheim resalta que: “La eliminación de los cuentos de hadas por parte de padres modernos, inteligentes y bien pensantes, porque promovían la fantasía, va en contraposición con el desarrollo de la personalidad”.[16]
Es decir, la privación del acceso a este tipo de cuentos fue en detrimento de las potencialidades humanas del niño.
  Quizás haya muchas cuestiones para poder pensar este relato que nos lleven a un análisis más minucioso. El libro propone tantas entradas analíticas como modos de lectura individuales. Lo que nos resulta evidente es que la calidad de la obra aparece de modo insoslayable tanto a nivel textual como de la ilustración.

  
Bibliografía Fuente:

Sendak, Maurice: “Donde Viven Los Monstruos”. Alfaguara Infantil. Buenos aires 2007

Bibliografía de Consulta:

AAVV (2009): “El texto literario”, “La narrativa”, “El discurso poético”. En Entre libros y lectores I. El texto literario. Editorial Lugar. Colección Relecturas

Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995.      

Díaz Ronner, María Adela: “Cara y cruz de la literatura infantil”. Lugar Editorial. Colección Relecturas. Bs As. 2001.

Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001.
Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984). 
Mannoni, Octave. [1988] Un intenso y permanente asombro. Barcelona: Gedisa.(1989). Cap. I y II.
Montes, Graciela (2001): “Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia”. En El corral de la infancia. Nueva edición revisada y aumentada. Editorial Fondo Cultura Económica

-------------------- (2007): “La gran ocasión. La escuela como sociedad de lectura”. Plan Nacional de Lectura. Ministerio Educación, Ciencia y Tecnología




[1] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág. 134.
[2] Íbidem Pág 135.
[3] Íbidem Pág. 86.
[4] Íbidem. Pág 87.
[5] Íbidem pág. 84.
[6] Íbidem Pág. 134.
[7] Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001. Pág 61.
[8] Íbidem Pág. 61.
[9] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág 144.
[10] Íbidem Pág 164.
[11] Dolto, Françoise. Infancias. Buenos Aires: Libros del Zorzal. 2001. Pág 62.
[12] Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984).  Pág 62
[13] Sendak, Maurice: “Donde Viven Los Monstruos”. Alfaguara Infantil. Buenos aires 2007. Pág. 11 -15.
[14] Freud, Sigmund. El creador literario y el fantaseo. [1907] Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu. (1984). Pág 65.
[15] Montes, Graciela (2001): “Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia”. En El corral de la infancia. Nueva edición revisada y aumentada. Editorial Fondo Cultura Económica. Capítulo I
[15]
[16] Bettelheim, Bruno. El psicoanálisis y los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica. 1995. Pág 23.

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